lunes, 2 de abril de 2007

Llegada a Puerto Jimenez II; ¿El paraiso?

Sigue del post anterior..

Entramos definitivamente en el pueblo y llegamos a un cruce de caminos con un montón de carteles indicando la dirección de los diferentes servicios del de Puerto Jiménez.

Entre otros; farmacia, gasolinera, banco y, fundamental, cabinas. Ninguno de ellos es el de Cabinas Marcelina (las que había seleccionado previamente por Internet). Sin embargo, como, el centro parece que está tomando el camino de la izquierda, seguimos esa dirección.

Bordeamos, dejando a la izquierda, lo que parece un campo de fútbol (esta muy oscuro), y al la do contrario, algunas casas y una pequeña pizzería. Es bastante "mona" , así que, como al menos ya tenemos un sitio para cenar.

Hay un par de personas cenando en una mesa del porche (a cubierto, claro), además de la dueña, que por el contorno, debe cenarse, ella sola, al menos un par de pizzas diarias. Decidimos parar para preguntar.

El local esta notablemente bien montado, tiene tres o cuatro mesas, y desde ellas se puede ver que te preparan la pizza en un horno, supongo, ladrillos y cemento. El olor es muy agradable y provoca que se me despierte el apetito.

Me dirijo a la dueña y le pregunto por las Cabinas Marcelina. Les cuesta entenderme. Entre mi acento y lo rápido que hablo, parece que lo haga en un idioma diferente. (Esto es algo que me ha pasado en todo Latinoamérica, al menos los primeros días). Le vuelvo a repetir el nombre y, aunque de forma un poco hosca, me indican el camino.
  • Esta ahí mismito. Tienen que dar la vuelta y bajar hacia la playa. Lo verán en seguida.

Vuelvo al coche. Bajamos por nos han indicado y llegamos a unas Cabinas. Sin embargo en el cartel pone Cabinas Aguadulce. Por mucho que le doy vueltas no consigo encontrarle el parecido fonético entre Marcelina y Aguadulce. De todas formas busco la recepción para preguntar. Quizá se llamen Marcelina de nombre y Aguadulce de apellido, y en Internet no hayan querido aclarar su parentesco.
Rodeo el edificio. No tiene muy buena pinta. Las paredes están pintados animales; tucanes, jaguares, cocodrilos, en colores muy chillones. Entro en el jardín. De repente, veo, en la puerta de una de las habitaciones, una enorme rata, chapoteando divertida en un charco.

No es que yo sea muy maniático (al fin y al cabo, estamos en el campo, y esto podría pasar en el jardín de un hotel de 5 estrellas), pero no me parece muy buena señal de la calidad del establecimiento. De todas formas, no lo comprobaremos, porque, por más que lo busco, no encuentro a nadie que me pueda informar, y lo que parece la recepción esta cerrado.

Debo volver a insistir en que, para Costa Rica, las ocho y media de la tarde es una hora casi intempestiva para llegar a un sitio. No cambian la hora en función de la estación y, durante todo el año, a las 6 de la tarde es completamente de noche.
Regreso al coche, por supuesto, no le digo nada a mi novia de la rata. Decidimos volver hacia el centro del pueblo. Pasamos de largo por la pizzería, en la que nos han indicado tan maravillosamente mal, y, en seguida, entramos en la que parece la calle principal del pueblo.

Lo más característico de la misma es que, al ser la más transitada por vehículos, es dónde se concentran más baches. Jamás en la historia de la humanidad hubo una calle con tantos agujeros. Además eran inmensos, y, como están cada metro, la velocidad máxima a la que se podía circular era de 5 km/h.

No creo exagerar si digo que la poca gente que circulaba por la calle nos adelantaba andando. De hecho, era un poco ridícula la situación. Todo el mundo se quedaba mirando el bamboleante todo terreno de color blanco, que hacía su entrada triunfal, a "paso de burra".

Entre traqueteo y traqueteo, observábamos lo que podíamos. A ambos lados había algunos bares, Casi todos medio vacíos, y tiendas, ya cerradas. El aspecto desde luego era pintoresco, pero para nada un destino paradisíaco de turistas.
Volvimos a parar en otro bar, en este caso el Carolina (muy famoso en la localidad), me acerqué a la barra, y pregunté a una camarera joven por nuestras cabinas. Esta vez respondió a la primera (¡increíble!, me habían entendido. Mi madre siempre me ha criticado porque dice que no vocalizo. ¡Ah!, ¿quien no vocaliza ahora?!)

  • Está ahí mismito señor, siguiendo la calle, la siguiente cuadra a la izquierda.
    Parecía fácil. Pero claro, antes también me lo había parecido.

Esta vez no hubo problemas, y, dónde nos dijeron que estarían, encontramos la casa con un flamante cartelito, que rezaba, Cabinas Marcelina.
Aparcamos el coche en la puerta y buscamos la entrada. A todo esto, yo le iba explicando a mi novia lo que eran unas cabinas, y lo bien que íbamos a estar.
Las cabinas suelen ser casas de particulares que habilitan alguna zona anexa al edificio principal para alquilar habitaciones.

Buscamos la entrada y llamamos al timbre. Nada más pulsar, empezaron a oírse ladridos de unos perros que, a pesar de que aún no los veíamos, era fácil deducir su enorme tamaño.
Efectivamente, a los pocos segundos, se abre una puerta y salen corriendo dos Rottweiler tamaño "XXL". Afortunadamente para nosotros (y, supongo, que desafortunadamente para ellos), había una verja metálica, que delimitaba el jardín delantero de la casa, y nos servía de última protección.

Por encima se los ladridos se oyó una voz de mujer, y en seguida salió una señora de una 60 años, bajita y bastante gruesa, en camisón.

  • Buenas noches, ¿que desean?
  • Buenas noches. Teníamos una habitación reservada (por internet) para un par de noches. Mi nombre es JRM.
  • Ah!!, un momento por favor.


La señora entro, en una pequeña oficina anexa, y nos abrió otra puerta para que pasáramos. Antes de hacerlo, y para hacerme el simpático, le pregunté si los perros habían cenado ya.
No le hizo mucha gracia, pero me aseguró que no pasarían a esa habitación. La verdad, es que no me fiaba mucho, pero había que hacer de tripas corazón, así que pasé.

Al día siguiente Magda, pues así se llamaba, me confesó que, por las noches son bastante precavidas. Había habido algún robo y la casa estaba regentada sólo por mujeres (de ahí la necesidad de las mascotas)

Comprobó en su libro de reservas que efectivamente teníamos que llegar esa noche. Nos preguntó si preferíamos la habitación con aire acondicionado o “sin”, a lo que tardé en responder una micra de segundo, que obviamente “con”.

Cogió una llave y nos pidió que la acompañáramos. Dimos la vuelta al edificio. Entramos en un bonito jardín, con un cenador en el centro, en torno al que se seis habitaciones estaban dispuestas en forma de L.
La nuestra era la 3. Nos abrió, nos pidió que pasáramos y “chequeásemos” que nos parecía bien la habitación. Un rápido “chequeo” permitía ver una habitación muy sencilla. Con un baño limpio, una cama de matrimonio con sábanas blancas razonables, una pequeña estantería dónde apoyar la ropa y, lo mejor, un aparato de aire acondicionado.

Lo primero que hice fue encenderlo porque, en este clima, me pegaba la vida sudando. En cuanto le confirmamos que nos gustaba, Magda se relajó un poco y estuvo más simpática (claro, ya éramos clientes. Hasta ese momento, sólo habíamos tocado en su puerta cuando, probablemente, estaría apunto de acostarse).
Me indicó que la acompañará, abrió la verja del jardín, y metí el coche en una pequeña explanada de hierba dónde ya había otros dos. Una vez dentro volvió a cerrar y le puso un candado. Me comentó que era mejor tenerlo cerrado por si acaso.

Entramos las maletas a la habitación y Magda, se despidió hasta el día siguiente, y nos dejó solos en la habitación.
Bueno, pues ya estábamos en “casa”. La habitación estaba bastante bien. Descansamos media hora, nos duchamos y salimos a busca algo de cena.

jamás consigo terminar, en una extensión razonable. Seguirá en el póximos post..

1 comentario:

joalga dijo...

Muy divertido lo que aqui se relata
Gracias